El panorama cultural argentino de los años ochenta aún recuerda con claridad el paso de Darío Lopérfido, una figura que, pese a su juventud, llegó a dirigir instituciones emblemáticas como la Casa del Teatro y el Instituto Nacional de Cine. Su llegada al gobierno de Raúl Alfonsín coincidió con la difícil tarea de reconfigurar un país que todavía llevaba las cicatrices de una dictadura reciente.
Lopérfido no se contentó con las reformas diarias; buscó una auténtica desarticulación de los sistemas que habían colgado la cultura en la propaganda oficial. Su propuesta de fundar subsidios abiertos, estudiar la viabilidad de la radio comunitaria y poner a la producción audiovisual bajo un marco de colaboración público‑privado demostró una audacia que, en tiempos de reconstrucción, se percibía como una apuesta sumamente arriesgada. Esa misma vara de la innovación fue que en muchos círculos provocó la acusación de “cultura de la post‑dictadura” cuando algunos creían que las reformas favorecían a sectores con vínculos con exmilitares.
El punto sensible fue el manejo de la memoria histórica. Lopérfido apoyó la creación de programas de docencia que invitaron a artistas y cineastas a narrar los últimos 12 años bajo una perspectiva plural. Si bien la intención era reconstruir la identidad nacional, la ausencia de una política clara sobre cómo incluir las voces de los sectores más marginados dio pie a críticas de que el proceso de democratización cultural se quedaba en la superficie.
Entre los logros más palpables de la gestora se destacan la consolidación del Festival Internacional de Cine Latinoamericano de Mar del Plata y la apertura de la Casa del Teatro a un público cada vez más diverso. No obstante, esos mismos puentes fueron señalados por detractores como el “trotamundos” que, sin suficientes recursos, terminaban generando una deuda cultural increiblemente elevada.
La figura de Lopérfido, al final, se destila en el registro de la contradicción moderna: el esfuerzo por modernizar la cultura en un entorno templado; el peso histórico de la dictadura; y el emergente consenso democrático que buscaba no solo “reconstruir” sino “reimaginar” la escena cultural. Su legado, sin duda, continúa alimentando debates sobre quién decide la narrativa del país.
Fuente original: Darío Lopérfido, entre el entusiasmo de la posdictadura y la controversia
