El reciente libro de Jorge Arias, destacado por su enfoque crítico y reflexivo, plantea una premisa inquietante: la gran desigualdad del siglo XXI reside en la diferencia entre quienes utilizan la inteligencia artificial (IA) para optimizar su capacidad de pensamiento y quienes la emplean de forma reactiva o incluso la evitan. Con una trayectoria que abarca la conducción de programas tecnológicos en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, Arias refleja sobre la aceleración del conocimiento y la desorientación que acompañan a la revolución digital.
Arias sostiene que los programas a los que dirigió estuvieron marcados por la tensión entre un acceso creciente a herramientas de IA y la falta de un marco regulatorio o educativo que garantizara su utilización ética. Su frase de impacto, “Nunca supimos tanto ni estuvimos tan desorientados”, encapsula la sensación colectiva experimentada al enfrentarse a la avalancha de información y la transformación de los modelos de trabajo y aprendizaje.
El fenómeno que Arias describe no es aislado. Según datos de la OCDE, en 2023 el uso de algoritmos predictivos en sectores como la salud, la banca y la educación aumentó en un 35 % globalmente, ampliando la brecha entre economías desarrolladas y emergentes. Cuando la alfabetización digital coincide con inversiones en infraestructura, los beneficios de la IA se traducen en mayor productividad y ciclos de innovación cerrados. Sin embargo, cuando el acceso es desigual, la misma tecnología puede solidificar patrones de exclusión.
En el ámbito económico, la IA se presenta como un impulsor de eficiencia, pero también como un motor de desplazamiento laboral que exige la reconfiguración de los mercados de trabajo. Estudio reciente del Banco Mundial indica que, de 2025 a 2030, se podrían automatizar hasta el 20 % de los trabajos a nivel global, con un impacto más marcado en tareas repetitivas y de conocimiento de nivel medio. Estos cambios estructurales exigen soluciones políticas que alienten la actualización profesional, la creación de puestos de trabajo que requieran habilidades interpersonales y la introducción de modelos de ingresos básicos que mitiguen el shock social.
Ante la velocidad de la innovación, el reto para los gobiernos y la sociedad civil es doble: incorporar la IA de forma constructiva sin que se convierta en un engranaje de desigualdad y, a la vez, impulsar un marco regulatorio que proteja la privacidad, la equidad y la rendición de cuentas. La visión de Arias invita a repensar la relación entre conocimiento y poder, convocando a un diálogo que integre la perspectiva tecnológica con la ética y la justicia social.
